Los niños triquis arrasaron en Barcelona

No venden camisetas, tampoco anuncian tennis ni ganan millones, pero son unos más que dignos representantes del México que todos soñamos ver. Un México con valores y triunfador.

La disciplina es el estandarte de estos niños triquis que hace pocos años nos conquistaron con sus pies descalzos y su pasión por una pelota de basketball.

Igual los dos anteriores años, los triquis llegaron a España para disputar la Barcelona Basketball Cup con una pequeña maleta pero con muchas ilusiones. Esta vez el sueño se consumó y se coronaron campeones del torneo donde acapararon la atención del público, y también de unas niñas francesas que no perdieron oportunidad para animarlos y hacerles un coqueto guiño.

No reprochan ni una sola decisión del referee, tampoco reaccionan a la calentura del rival que canasta tras canasta va sobrellevando la derrota sobre la duela.

Compiten porque les gusta jugar, porque el deporte les ha abierto puertas y porque el basket es su vida y su mundo. Su día a día no es fácil,  según me cuentan. Ausentarse de un entrenamiento por quedarse unas horas con la novia es motivo de castigo… Tampoco pueden comerse unos Doritos. Sufren de discriminación en Oaxaca y algunos de ellos intentan ocultar su origen triqui ante otros niños del noroeste de este Estado tan conflictivo en México.

Muchos de ellos no ven a su familia. Su día comienza temprano en la mañana cuando se levantan para ir al colegio, después de varias horas de estudio regresan al centro deportivo donde viven, comen, hacen la tarea, entrenan y se duermen. No tienen lujos, no hay agua caliente para ducharse y en las habitaciones duermen al menos diez niños en cada una. Pero no se quejan, saben que el esfuerzo y sacrificio valen la pena. Y no es de extrañar que su sueño de grandes sea vivir fuera de México, mientras que en la Organización DAR, el objetivo principal para estos niños es lograr que hagan una carrera universitaria y a partir de ahí, si siguen interesados en dedicarse al deporte, apoyarlos para que lo hagan de manera profesional.

Tras recoger el trofeo en del Deportivo de la Mar Bella y ser bombardeados por fotos y selfies, ahora me encuentro camino a una taquería con tres ellos en el coche. ¿Qué quieren hacer de grandes? “Regresar a Barcelona”, contesta uno de ellos. Pero, ¿a qué se quieren dedicar? Replanteamos la pregunta, y la respuesta salió rápido: “Jugar al basket, es divertido”.  Los dejamos que sigan hablando entre ellos, no están muy interesados en seguir hablando del torneo ni del basketall, su pensamiento está enfocado en las niñas francesas. ¿Cuanto se tarda uno en llegar a Francia?, me pregunta uno de ellos.  “En una hora en avión estás ahí”, le respondí. “Mejor me quedo en Barcelona, las chavas están bien bonitas aquí”, dijo otro de ellos.

Al escucharlos hablar de las niñas que tanto les roban la atención, no puedo evitar pensar en las niñas de su comunidad triqui que son casadas a los 13 ó 14 años tras la dote. Muchas se llenan de hijos cuando apenas tienen 18 años y sus maridos han emigado a Estados Unidos para enviar dinero. La mujer triqui, en términos generales, no elige su vida ni su futuro.

Continuamos nuestro camino rumbo a un restaurante y asombrados por la majestuosidad de la Sagrada Familia, la cual ya han visto en los dos años anteriores, uno de ellos comentó: “No manches, sigue en construcción… Tendremos que venir en diez años cuando la acaben”. Ellos se sienten cercanos a Barcelona, aquí se les ha tratado como reyes y disfrutan de lujos que no soñaban antes de darse a conocer al mundo.

Instalados ya en La Taquería de la calle Paseo de Font 5, los triquis leen el menú hambrientos después de jugar dos partidos hoy en la mañana para ser los campeones de Barcelona. Algunos sonríen fácilmente, otros son mucho más tímidos y se dedican solo a comer. El jueves aterrizarán en México para inmediatamente viajar a Orlando, Florida donde disputarán otro torneo. Nunca han estado ahí y están emocionados por conocer otro lugar del mundo.

Ser triqui no es fácil, pero estos chicos deberían ser un ejemplo para muchos mexicanos. Quizás solo unos cuantos de ellos llegarán a ser profesionales cuando sean mayores, pero su camino está abriendo puertas para el futuro de muchos indígenas que solo necesitan que alguien crea en ellos y les dé una oportunidad.

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