Fracaso ante el terror

Una vez más el mundo se puso a los pies del terror. Mánchester fue la última víctima de este terrorismo que no escoge ni edad, ni sexo ni condición social para matar. 

Caminaba yo por la calle un día después del ataque al Mánchester Arena y me encontré con un amigo, tras saludarnos y actualizarnos rápidamente sobre nuestras respectivas y ajetreadas vidas, me preguntó qué pensaba de todo lo sucedido: 《Bueno, duele saber que niños y jóvenes mueren –le dije– terrorismo puro y duro, pero no tendrá fin así como vamos》. 

Mi amigo y yo comenzamos a caminar hasta que decidimos sentarnos en una terraza a tomar algo y seguir resolviendo el mundo a nuestra manera. Continuando con nuestra charla sobre el terrorismo, le dije: “la mayoría de los ataques desde hace un año son cometidos por jovencitos que no llegan ni a los 30 años de edad. Son ingleses, franceses, belgas pero de ascendencia árabe y musulmana, hijos en su mayoría de inmigrantes. El común denominador es que han sido socialmente excluidos desde niños, los hemos mirado feo”. 

Me llama la atención que en casi todos los atentados terroristas, los gobiernos de manera póstuma hablan de “el autor del ataque suicida ya estaba identificado por nuestro servicio de inteligencia”. Muy bien, pero eso de nada sirvió.  La lucha contra el terrorismo se ha vuelto reactiva y no proactiva, vamos perdiendo y vamos perdiendo como sociedad.

Los terroristas que se dedican a radicalizar gente, de los cuales hay muchos en Cataluña, buscan precisamente convertir al extremismo a aquel chico excluido que nunca se sintió acogido a consecuencia, sobre todo, de sus diferencias culturales y religiosas. 

Ese chico ya está golpeado y es presa fácil, va a hacer daño y va a matar porque ya no tiene nada que perder, porque alguien con engaños le ha dicho que con sangre derramada se es alguien en la vida. 

En Europa vivimos pendientes de todo lo que nos parezca el indicio de un acto terrorista: un bulto en el metro, una maleta abandonada en la estación de tren y a aquel que tenga rasgos árabes de inmediato le ponemos etiqueta de terrorista, pero no vemos la raíz del problema como sociedad. 

Volviendo al atentado en Mánchester, me quedo con la parte positiva de la historia. Aunque no lo crean, en toda tragedia siempre hay algo bueno y en este caso en específico hay que resaltar la parte humana de los sin techo que ayudaron a niños y jóvenes afuera del estadio. Su gesto ayudó a que algunas víctimas del atentado vivieran un momento un poco menos traumático.  A estos llamados héroes anónimos habría que sacarlos del anonimato. 

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