Desde mi blog: La doble cara de las mujeres jirafas en Tailandia

Cuando uno viaja a Asia debe saber de antemano que se va a vivir un shock cultural muy fuerte. Hay quienes lo asimilan de mejor manera y hay quienes no aceptan algo diferente a lo conocido, muy respetable ambas creo yo pero pienso que abrirnos a lo desconocido nos aporta una gran riqueza.

Tras una semana en Tailandia visitando una gran cantidad de templos budistas, pasearme por la cosmopolita Bangkok y visitar ciudades de gran valor cultural y ricas en recursos naturales, hoy me fui a visitar a las mujeres jirafa o mejor sea dicho a las mujeres Padaung en la aldea Karen.

Antes que nada voy a explicar por qué estas mujeres son conocidas como mujeres jirafa. Según la tradición de su tribu originaria de Birmania, una mujer mientras más largo tenga el cuello más bella es. Por eso desde que cumplen 5 años de edad empiezan a usar estos aros de pesado cobre que lo que hacen es empujar la clavícula hacia abajo y reducir la caja torácica, lo que da el efecto visual de un cuello alargado.  Al cumplir los 15 años de edad ya habrán alcanzado el objetivo de deformar completamente su cuerpo y entonces están listas para casarse, ya son bellas. Los aros pesan en su totalidad unos 10 kilogramos y estas mujeres no se los quitan para nada, duermen, trabajan, comen y mueren con los aros en su cuello.

Cuando vas rumbo a la aldea te dicen que las mujeres Padaung son mujeres refugiadas de Birmania y al no tener trabajo, tanto el gobierno tailandés como los integrantes de esta etnia, encontraron en estas mujeres jirafa un negocio bastante rentable. Mientras sus maridos trabajan quizás en los arrozales o en los campamentos de elefantes, ellas se dedican a la artesanía, las labores de casa y la crianza de los hijos, además de posar para la foto con los turistas. Eso sí, hay que comprarles algo de lo que venden para poder tomarse la foto. Aquí en teoría ganan todos: el gobierno tailandés que sigue atrayendo turismo y las mujeres Padaung obtienen un ingreso extra para la familia.

De manera extraoficial se dice que el gobierno tailandés las obliga a seguir con esta tradición a pesar de que muchas de ellas quisieran no sólo no tener que usar los aros sino no tener que ponérselos a sus hijas. Tampoco les voy a decir que las tengan esclavizadas o atadas a un árbol, pero es verdad que parece que no tienen otra opción en la vida más que seguir siendo un atractivo turístico para así asegurarse el plato diario en la mesa. A manera de nota mental hago hincapié en que estas mujeres y sus familias son refugiadas de Birmania, en Europa estamos viviendo un problema muy grande por los refugiados sirios e insisto en que no se le está dando la debida importancia.

Volveré al tema de las mujeres Padaung. Cuando entras a la aldea es más que notorio que todas se preparan junto a la mesita de artesanías y algunas se ponen a tejer esos preciosos fulares que te venden y otras sólo te sonríen y te dicen que te acerques a comprar algo. Están más que acostumbradas a ser fotografiadas y he de decir que la mayoría tienen una cara divina, son guapísimas en verdad, pero lo que te parte el corazón es ver a niñas pequeñitas usando sus primeros aros, algunas posaban junto a sus madres y nada más alejarse los turistas se iban a jugar con otras niñas a saltar la cuerda, claro está sin quitarse los aros del cuello.

La verdad es que una se enfrenta a sentimientos encontrados. Es difícil entrar ahí y no sentir nada, también es difícil no comprarles algo, al final es un ingreso económico para ellas. Pero sí vi algo que me gustó y fue una pequeña escuela donde las niñas y niños estudian a pesar de que la educación para ellos no es obligatoria al estar en calidad de refugiados.

Les confieso que me costó un poco de trabajo tomarles fotos a estas mujeres y niñas, por momentos me sentía que estaba contribuyendo a un espectáculo, pero me apegué a mi interés de escribir algo sobre ellas, como periodista no puedes callar lo que ves. No sé realmente si ellas son felices o no siguiendo sus tradiciones, no conocen un mundo diferente, pero sí estoy convencida de que su mundo y el nuestro son muy diferentes y que para juzgar hay que conocer.

Mi viaje por estas tierras me está dejando grandes enseñanzas.

Aquí les dejo unas fotos.

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