Varanasi, la ciudad que vive para morir

Viajar a la India ha sido una de las cosas más emocionantes que he hecho en mi vida. Este país asiático no te permite hacer planes y cualquier expectativa se queda corta, hay quienes huyen para no volver y otras como yo, quisiéramos regresar. Las pocas personas que conozco que han ido a la India me recomendaron, además de no tomar agua de la llave para evitarme una larga estancia en el hospital, dejar la ciudad de Varanasi para el final del viaje, un lugar no apto para prejuicios ni comodidades de ningún tipo.

Después de 19 horas de viaje en tren llegamos al atardecer a esta ciudad del norte de la India bañada por el río Ganges y considerada por los hindúes como sagrada: los afortunados que aquí mueren alcanzan el Nirvana, es decir, el alma se libera del cuerpo y ya no hay necesidad de reencarnar. Caminamos por las callejuelas que nos llevarían a nuestro hotel, el camino fue corto pero pareció eterno: calles empedradas entre monos, vacas, perros, ratas vivas y muertas, cacas de animales, basura, más de 40ºC de temperatura, humedad y un olor fétido bastante penetrante que te recordaba constantemente que estabas en Varanasi. Nuestro hotel se encontraba a unos pasos del Ganges y la vista pintada de tonos verdes y dorados era realmente hermosa.

Decidimos caminar hacia el río y nos encontramos con un ritual hinduista que se celebra cada día a partir de las 19:00 horas. Entre música, incienso, fuego y flores, los hindúes alzan su mirada al Ganges con la esperanza de purificarse en sus aguas el día que mueran. El ambiente que se respiraba era raro, la muerte estaba presente de una manera, invisible, pero capaz de hacerse notar. La gente local de edad avanzada se acerca a la zona para rezar, los más jóvenes se acercan para conocer a chicos y chicas de su edad, para socializar, para ver turistas, para distraerse y diría que hasta para pasarla bien.

Al día siguiente en la mañana nos subimos a una pequeña lancha que nos llevó al Manikarnika Ghat, es decir, a las escaleras de piedra donde se encuentran los crematorios a la orilla del río. Es difícil describir las sensaciones que tuve al irnos acercando, es una zona ennegrecida por el fuego, las columnas de humo se alzan, en el aire hay cenizas humanas, en la orilla hay familias metiendo los cadáveres al río, mientras que a pocos metros se ven personas nadando para refrescarse y purificarse, niños felices jugueteando y disfrutando del agua, perros correteando entre ataúdes, todo sucedía frente a nuestros ojos.

Presenciamos la cremación de varios cuerpos sobre madera de mango y sándalo, cuerpos envueltos en telas brillantes de color naranja y rodeados por sus familiares vestidos de blanco.

Es tan especial para los hindúes morir en Varanasi, que incluso algunas ONG’s han instalado un edificio en el mismo Ghat donde algunas personas mayores o con enfermedades terminales se refugian dentro esperando el momento de marcharse para siempre entre las aguas del Ganges. Un chico local nos explicó el ritual a cambio de 100 rupias, él solo podía ver nuestros ojos, porque nosotros nos habíamos tapado boca y nariz con nuestros fulares por miedo a respirar entre esa nube de cenizas.

No estuvimos más de una hora ahí, reconozco que yo me hubiera quedado más tiempo observando y tratando de entender lo que ahí pasaba, sintiendo eso de estar entre la vida y la muerte, pero para mis amigos ya había sido muy duro y suficiente. Los tres nos subimos en una lancha para ir de regreso al hotel, ellos no hablaban, yo miraba hacia atrás pensando que algún día tendría que volver.

Varanasi me mostró un mundo completamente diferente al mío. La vida y la muerte se perciben de maneras diferentes en muchas culturas y personalmente fue una experiencia muy enriquecedora, vi lo pequeños y vulnerables que somos, tan preocupados por atesorar riqueza cuando al final, todos, sin excepción, nos vamos a ir con las manos vacías, no importa si al cielo, al Nirvana o al Samsara, a donde sea iremos como llegamos, con las manos vacías. Espero poder regresar algún día a esa parte de la India profunda, esa que no te deja indiferente, esa que es capaz de cambiarte la vida.

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