Los sueños apátridas de un senegalés en Barcelona

¡Hola! Como muchos de ustedes saben estoy a pocas semanas de partir rumbo a Senegal para realizar un reportaje sobre los migrantes. En Barcelona y otras ciudades europeas los conocemos como manteros porque la gran mayoría de ellos para sobrevivir se dedican a la venta ambulante y para ello utilizan una manta acondicionada con un cordón que les sirve para tirar de éste y huir de las redadas policiales cargando con la manta transformada en un bolso.

MADRID 16 08 2018 Manteros en la Gran Via de Madrid FOTO JOSE LUIS ROCA

Las políticas migratorias son complicadas y en países como España éstas se endurecen cada vez más, impidiendo la obtención de visas de trabajo y de residencia a los inmigrantes que no pertenecen a la Unión Europea. A pesar de que, de acuerdo a datos oficiales, la mayoría de los inmigrantes sin papeles llegan por vía aérea, los medios y algunos partidos políticos hacen una cruda persecusión de aquellos que llegan en pateras, como sucede con muchos de los senegaleses.

Partidos de extrema derecha como Vox han difundido en más de una ocasión datos falsos sobre los inmigrantes, como por ejemplo que todos los MENAS (Menores extranjeros no acompañados) reciben poco más de 600 euros al mes una vez que entran al país o acusan a todos los inmigrantes de la crisis económica del país y de “robar” empleos a los españoles y también difunden información negativa como que los extranjeros son (somos) delincuentes.

Desde hace un par de años me he mantenido un tanto cercana a los manteros y a lo que hacen, yo también soy inmigrante en este país a pesar de que mi situación fue desde el principio muy diferente porque yo contaba con la nacionalidad española desde muchos años antes de llegar a vivir a España, sin embargo mis primeros años aquí fueron duros, ahora, la situación de ellos es extremadamente complicada: sin papeles, sin dinero, sin posibilidad de trabajar, perseguidos y sin entender el idioma…

Hablando con muchos de ellos, puedo encontrar que en sus historias hay un común denominador: creían que en Europa podrían cumplir sus sueños.

Ayer, reunida con algunos de ellos alrededor de una mesa con tazas llenas de café, compartimos nuestras experiencias al llegar a España. Daouda comenzó: “yo llegué en una patera a Tenerife, era el año 2007, tras llegar a tierra y revisarnos, en una hora yo ya estaba en el CIE (Centro de Internamiento de Extranjeros), eso no es un lugar de acogida, es más bien una prisión; nos levantaban temprano, desayunábamos, nos sacaban a pasear al patio, nos metían a ver la televisión, nos daban de comer y nos volvían a encerrar en nuestra habitación, así día tras día, sin poder salir, sin saber qué va a pasar”. Daouda recuerda que a cada inmigrante le dieron un número, él no olvida el suyo: el 33. “Un día nos despertaron y se pusieron a arreglar todo, a dejarlo muy limpio, nos dieron comida en buen estado y es que ese día fue a visitarnos Pérez Rubalcaba. El recorrió todo el CIE y dijo que dejarían pasar a 87 personas, como yo tenía el 33 asumí que yo estaba dentro de esos 87 y así fue, nos subieron a un avión militar sin decirnos a donde nos llevarían, a mi me trajeron a Barcelona, al bajar del avión nos subieron a coches militares, yo le dije a un asistente social que tenía un primo en Terrassa y me subieron al tren, me escribieron en un papel “Terrassa” para que supiera dónde bajarme, yo no entendía absolutamente nada de español”. Daouda tuvo muchos trabajos, uno de ellos en el campo recogiendo naranjas, ahora ya tiene papeles y es cocinero en el Foster´s Hollywood, pero el camino ha sido muy difícil, recuerda.

Papalaye, un senegalés que llegó hace muchos años a Barcelona y fue arrestado y deportado desde Francia, dijo: “Yo recuerdo el día que venía en la patera con mis amigos, veíamos el cielo y hablábamos de nuestros sueños en Europa”, lo dice con una sonrisa en el rostro, pero esa alegría se torna en ojos llorosos cuando agrega: “nos dicen que Europa es el lugar donde podemos hacer realidad nuestros sueños, pero es mentira, aquí nos enfrentamos al racismo, a la persecusión policial, a no poder trabajar y en realidad nunca cumplimos nuestros sueños”. Papalaye recibió sus papeles hace 4 meses y recuerda que apenas hace unas semanas se encontró en la calle a una chica blanca, había coincidido con ella en varias ocasiones y solían saludarse, un día en que ella estaba con una amiga, él se acercó como siempre a saludarla y la amiga de ésta le amenazó con llamar a la policía por saludar a su amiga: “la policía llegó y la chica me acusó de saludar a su amiga, evidentemente la policía no pudo hacerme nada porque saludar no es delito, pero ese tipo de racismo lo sufrimos de manera regular”, se lamenta.

Finalmente le pregunté a Papabaye, otro de los chicos que llegaron en una patera hace años, si todo lo que han pasado ha valido la pena y me contestó: “¿para tí ha valido la pena?”, para mí sí, respondí, aquí no tenemos un problema de inseguridad como el de México y sonriendo me dijo: “vale, lo entiendo, para mí no ha valido la pena, pero aquí estoy y seguiré luchando, porque nosotros no nos rendimos, nosotros siempre pensamos y creemos que podemos lograr las cosas, todos vamos a seguir luchando”.

Al fondo de la habitación se encuentra un senegalés que apenas lleva 6 meses en Barcelona y no logra entender todo lo que hablamos en español, trabaja con el pulpo imprimiendo las mangas de unas camisetas con la palabra “Apátrida”, me enseña como lo hace, sonríe, en wólof habla con sus compañeros, quiere irse pronto, como cualquiera cuando acaba su jornada laboral para irse al gym. La charla la cerramos con una idea, ellos que llegan sin nada y sufren todo, son los que al final parecen conocer más España, a veces más que un español que no tiene que empezar de cero y luchar contra todo.

2 comentarios sobre “Los sueños apátridas de un senegalés en Barcelona

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  1. Hermoso y terrible, me deja plagada mi alma de sensaciones y sentimientos., y la labor de todo periodista creo que es esa, provocar en los lectores, emociones, pero también introspección., en lo particular al leerte además de ello, queda siempre un placer en la lectura de todo lo que narras.

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