Tiempos que reivindican el papel del periodista

Han pasado 38 días confinados y muchas más horas para poder reflexionar, crear, analizar y cambiar. Cada día entre las 11:30 y 12:00 de la mañana me llega por Telegram el último comunicado del Ministerio de Sanidad informando sobre los nuevos casos de COVID-19 en España: los que se encuentran en las UCI, los fallecidos y los que han sido dados de alta. Mientras tomo mi café de la mañana veo los datos, saco cuentas, hago comparaciones y me recuerdo que los lunes los datos siempre son buenos, en apariencia, porque se ha cruzado el fin de semana y no se cuenta aún con el reporte completo. Habrá que esperar al martes y en Semana Santa mejor esperar hasta el miércoles.

En la televisión hacen cada día el mismo repaso de los datos y sacan un porcentaje de cuántos casos nuevos hay en las últimas 24 horas, que si la curva se aplana, que si ya pasamos el pico, que si la meseta es larga y lenta, que si vamos mejor que Italia pero peor que China, que si el gobierno se ha apresurado al levantar la “hibernación laboral” del país. Hay que llenar el espacio televisivo con la misma información cada día, tarea difícil, y más cuando el periodismo arrastra una crisis existencial desde hace años. En esta profesión, el no tener trabajo no siempre es sinónimo de no saber hacerlo bien, sino que hay alguien que hará lo mismo cobrando menos o incluso lo hará gratis y los clientes hasta ahora exigen rapidez sacrificando la calidad, porque así va todo en este mundo últimamente.

Las redes sociales, si bien son una herramienta eficaz para cualquier periodista, también son un arma que juega en su contra. Un presidente, una estrella de fútbol o un artista ya no necesitan de un periodista para enviar un mensaje, solo necesitan una cuenta de twitter, un móvil y a veces un community manager para que les maneje sus redes sociales, así ellos ni siquiera se toman la molestia de escribir. Aquellos que consumen información confían en que lo que ven en las redes es fiable y la realidad es que no siempre es así, de hecho una gran cantidad de información que encontramos en las redes es falsa.

Los bulos y fake news están a la orden del día y no son algo nuevo, sin embargo la rapidez con la que se propagan sí son algo relativamente nuevo y eso se lo debemos a las redes sociales. Estas redes facilitan la diseminación de información para todos: son rápidas, de bajo costo y el lector tiene una amplia libertad para elegir lo que quiere ver, pero desafortunadamente en la mayoría de lo casos no cuenta con un filtro para saber si lo que está viendo es verdadero o falso.

El otro día escuché a un señor decir: “tenemos mucha información pero no estamos informados”. ¡Qué gran problema!, pensé yo. En estos tiempos de crisis hay que estar bien informados porque ello también nos ayudará a erradicar la pandemia. Pero es una realidad, hay demasiada información rondando y hay poco contraste para verificar su autenticidad. Si eres uno de aquellos que se levantan cada mañana y buscan las noticias en sus redes sociales, te tengo una mala noticia: eres víctima de un cúmulo de fake news, titulares engañosos, teorías de la conspiración, rumores y engaños.

Aunque hasta ahora es difícil demostrar que las fake news pueden influenciar en las elecciones y atentan contra la democracia (1), se ha podido atestiguar que éstas han creado un daño severo en la toma de decisiones relacionadas con la salud y el mercado de valores (2). En la actual pandemia del coronavirus ha quedado más que demostrado que los bulos son un problema con el que el gobierno y los medios de comunicación deben luchar cada día.

Hoy más que nunca hace falta un periodismo ético, alejado del consumo veloz, que compite con sus iguales y que parece haber perdido la brújula. Hace faltan periodistas que critiquen pero que también construyan, porque nuestra labor es la de conciliar y no la de parecer un presentador de “Sálvame”.

La crisis global que ha generado el coronavirus ha golpeado directamente a la economía y por ello grandes agencias de noticias han visto cómo sus clientes compran menos noticias. ¿Por qué?, solo hay que encender la televisión y ver cuántos anuncios publicitarios se transmiten, son mínimos y ello se debe a que durante el confinamiento muchas empresas simplemente no pueden vender sus productos y por lo tanto han recortado sus gastos en publicidad, de hecho en cualquier empresa ante las crisis económicas las áreas que siempre recortan primero su presupuesto son las de marketing y publicidad.

La falta de recursos económicos agrava la crisis del periodismo y abona el ambiente para que las fake news se viralicen rápidamente. Entonces, ¿cómo detenerlas? como menciona Chengchen en su estudio (1) los bots y algoritmos pueden identificarse y atacarse, pero en lo que respecta a la labor periodística, el autor propone algo con lo que concuerdo: “la lucha contra las noticias falsas requiere una evaluación fundamentada en el mecanismo mediante el cual la información errónea se propaga en línea. Si el problema se debe principalmente a las limitaciones cognitivas, debemos invertir en educación periodística”.

Estoy segura que el coronavirus nos va a dejar mucha tarea a los comunicadores y a los que analizamos medios…

Bibliografía:

(1) Chengcheng Shao. The spread of fake news by social bots. Indiana University, Bloomington. arXiv:1707.07592v1 [cs.SI] 24 Jul 2017.

(2) P. J. Hotez. Texas and its measles epidemics.PLOS Medicine, 13(10):1–5,10 2016.

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